Preparar esta delicia tradicional de la costa Pacífica nariñense es una experiencia maravillosa: El paladar se hace agua, los aromas estremecen cada rincón del cuerpo, las manos se vuelven cosecha y los ojos no paran de bailar al ritmo de pintorescos atardeceres ¿Se anima a prepararlo?

Los ingredientes que requerimos son: 10 pianguas de manglar, 1 litro de leche de coco, 4 plátanos verdes, 8 hojas medianas de bijao, 5 pizcas de sal, 1 tomate maduro, una cebolla larga, 2 pimentones rojos, 5 dientes de ajo, 1 sombrero, 2 libros al gusto, 1 protector solar, 1 par de chanclas y 5 pintas de ropa ligera.

Diríjase de Pasto a Tumaco y durante 5 horas entreténgase con el paisaje del pie de monte costero. Cuando llegue, súbase a la lancha que lo espera y déjese llevar durante 20 minutos por la corriente hasta Bocagrande, una isla donde la luna es plateada y el mar destella luceros junto a la “mama”, la cocinera tradicional, sabedora ancestral que lo espera junto a su comunidad para recorrer este mágico territorio.

Desembarque en el muelle, estire las piernas, levante los brazos y respire. Deje que la brisa pacífica lo refresque. Diríjase con Deyver (el guía) hacia el manglar, hacia estos ecosistemas que proveen el alimento, y allí, donde la marea está baja, camine lentamente entre el barro, deslice su mano entre las raíces de estas plantas, de estos árboles guardianes que le hacen sombra mientras sigue el canto de las mujeres piangueras: “dónde está la concha, palpitando en el mangle; dónde está la concha, que se cría con el mar”.

Bocagrande, una isla donde la luna es plateada y el mar destella luceros junto a la “mama”, la cocinera tradicional, sabedora ancestral

Después de conchar 10 pianguas póngalas en el balde, regrese a la playa y observe cómo el guía se trepa con destreza a una de las palmas ayudado de los pies descalzos y una soga atada a su cintura para bajarle un coco, fruto de estas palmeras que rodean esta playa y que bailan con la brisa menean do sus hojas contentas sin cesar. Luego vaya al huerto, aquel lugar donde las familias siembran la vida, coseche con sus propias manos cuatro plátanos verdes, las hojas de bijao y con todo listo, diríjase a la cocina.

Ahí donde están colgados los trastes, las cantinas, los coladores, el exprimidor, las jarras, los platos y el rallador. Ahí alrededor del fogón de leña artesanal, donde se ahuman la cebolla larga, los guineos y el pescado, Gladys lo espera para guiar la preparación. Lave bien las conchas, échelas en el pailón de agua hirviendo cubriéndolas con las hojas de bijao, déjelas cocinar por 20 minutos. Mientras tanto pele el coco, pero ¡ojo¡ no se tome el agua que la vamos a necesitar. Pártalo, trocéelo, licúelo agregando poco a poco el agua. Luego, con un colador escurra el bagazo hasta sacar toda la leche. Regrese al fogón, con la cuchara de palo, la de cabo largo para que no se queme, menee las conchas hasta cuando Gladys lea en el vapor que ya están listas. Con un cuchillo filudo ayude a sacar la carne de las pianguas, píquela en trocitos, mézclela con la leche de coco, póngale las pizcas de sal, los dientes de ajo picados junto con la cebolla, el pimentón y las hierbas, muchas hierbas de las que le va pasando Gladys: chirarán, orégano, chillangua, esas que a contacto con el fuego aromatizan la mezcla, el revuelto, el alma, la cocina y todo el vecindario. Finalmente, mire como Gladys machaca el plátano, lo pone en el agua caliente que quedó de las conchas, sazona la mezcla como lanzando magia; la cocina a media leña sin dejar de menear hasta que quede una masa. Usted, ayúdese con una cuchara y sobre la hoja de bijao coloque en el centro la masa de plátano y sobre ella ponga la mezcla de piangua; aprenda así el arte de envolver con la hoja y la manera de cocinar con el vapor al baño María.

Mientras está la cocción salga mire este paisaje pintado de estelas de colores que otorga el sol, camine por la orilla de la playa, sienta la arena húmeda donde va dejando huellas, deje que el agua cálida del mar le bese los pies y si quiere vaya, corra, abrácese con las olas, deje que lo envuelvan, que lo hagan girar, que lo bañen de bienestar. Mire al cielo, que sus ojos vuelen junto al águila pescadora, trate de imitar el canto del piquero rojo, escuche su mensaje, mire cómo se contonea con las alas del playerito blanco, y qué me dice de los gaviotines y su habilidad para planear en el cielo ¿ahhh?, o del piquero patiazul caminando sobre la orilla, ¿hermosos verdad? Eso, disfrute, saboree ese dulce especial de las cocadas de doña Clemencia que llegan precisas cuando se sale del mar. Observe cómo este territorio lo sostienen las manos de los agricultores, pescadores y guías turísticos que se han organizado comunitariamente para conservar este rincón nariñense, esta isla tranquila, amable y encantada.

Édgar (izq), doña Clemencia (centro), y MIguel (der) reciben a los visitantes de Tumaco con calidez y total disposición para enseñarles las bellezas del paisaje y las delicias de la cocina local

Miguel con su entusiasmo y constante labor de conservación logró posicionar a Bocagrande como uno de los mejores destinos turísticos del Pacífico sur

Descanse, recuéstese en la hamaca, déjese mecer por el vaivén, sienta la serenidad que rodea este lugar. Escuche las marimbas y refrésquese con el jugo de borojó con hielo que le ha preparado la mujer con quien hizo los tamales, ella, sí, la misma Gladys Prado, la que un día dejó de trabajar como administradora pública y emprendió su andar desde su vocación, desde su labor como cocinera tradicional, siguiendo la práctica, la herencia gastronómica que le dejó su madre y su linaje costero. Aquí en su hogar, en su reserva natural, en su eco hotel “Las Lilianas” dirige su cocina, tiene su restaurante y sus cabañas pintorescas adornadas con plantas nativas y relieves de las especies naturales de la zona. Por cierto, recuerde que le corresponde dormir en la cabaña de la gigante tortuga azul. Aquí ella cada mañana sale al balcón de su cabaña, da gracias a Dios por la tenacidad de su vida que ha servido de inspiración para muchas mujeres del Pacífico sur: con los ojos cerrados escucha los susurros del mar y la melodía de los pájaros que la llenan de energía.

Ahora ofrece clases de gastronomía tradicional online estrenándose con valentía en estas vías del internet gracias al apoyo del proyecto “Nariño somos todos” una iniciativa colaborativa de un grupo de nariñenses que frente a la actual crisis promueve soluciones económicas y sociales para apoyar emprendimientos como el de Gladys que desde sus capacidades busca generar ingresos para sostenerse e invertir en el mantenimiento del hogar natural que la rodea.

La isla de Bocagrande es un paraíso repleto de palmeras sobre su extensa playa. Se caracteriza por estar bañada de aguas transparentes, arenas plateadas y finas, ideal para el descanso en pareja o en familia

El saber gastronómico también lo enseña frente a frente, así, cara a cara como lo hizo con usted, porque como dice ella “el que llega aquí aprende a armar su plato de comida, aprende y se enamora de este territorio por el que tanto hemos luchado, el que tanto queremos y cuidamos con nuestra gente. De aquí se sale sanito con el baño en el mar, recibiendo buen sol, con el andar por los manglares, los senderos ecológicos, mirando las aves y mar adentro conociendo las ballenas que desde junio vienen a visitarnos en la isla”.

Con esta labor Gladys vio crecer a sus dos hijos: Édgar y Miguel, con ella los educó y ahora ellos son parte activa de todo este proyecto ambiental, social y gastronómico que vibra en esta isla. Miguel con su entusiasmo y constante labor de conservación logró posicionar a Bocagrande como uno de los mejores destinos turísticos del Pacífico sur, él se ha convertido en la bandera ondeante de su territorio. Como las olas del mar va de aquí para allá por el mundo. representando a su gente, aprendiendo, capacitándose y rodeándose de galardones que destacan su obra social, su labor como profesional y ser humano en la preservación de este su hogar, el que habita con orgullo, en el que a sembrado la esperanza y del que cuida con esmero como a él mismo.

¡Bueno! el tamal de piangua está listo. Corra a la cocina, destape la olla, y sírvase uno en el plato de barro. Ábralo despacio, sople, desenvuélvalo como un regalo, ese mismo que usted se ha hecho al viajar hasta aquí, huélalo; suspire con el aroma de este alimento pacífico milenario que envuelve en su sabor cada espacio de esta isla, de quienes la habitan y que ahora usted sabe cómo, dónde y con quién preparlo. ¿Le gustó?