Por: María Adelaida Vásquez.

Cuando decimos que en Nariño hay cerca de 233.000 personas que se han visto obligadas a desplazarse a causa del conflicto armado, olvidamos que detrás de esas cifras hay historias de hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos,  afrodescendientes, indígenas y campesinos. Historias cargadas del dolor que trae consigo el desarraigo, la muerte de un ser cercano, el abandono de la vivienda, los cultivos, los animales, los vecinos y del proyecto de vida que hasta ese momento se había construido. Historias como la de Omeris* quien que en 2006 tuvo que salir huyendo, junto con su esposo y sus dos hijos pequeños, de la zona rural del municipio de Roberto Payán, o historias como la de Miriam*, una madre soltera de 3 hijos “Me tocó moverme al casco urbano por el tema de las amenazas, eso que le dicen a uno, te doy tantas horas, o si no me llevo a tu hijo”. Aunque ambas mujeres son del pacífico colombiano y se reubicaron en el pacífico, ambas se han sentido discriminadas, estigmatizadas y señaladas por hecho de ser desplazadas y víctimas de un conflicto que se les impuso por la vía de la fuerza y las armas. Las vidas de Omerisis y Miriam se cruzaron en Olaya Herrera, municipio donde ambas llegaron para protegerse y fueron testigos de la indiferencia frente al drama del desplazamiento forzado: “la alcaldía sabía que había tantas personas desplazadas, pero hacían caso omiso, decían, ‘aquí no hay desplazados’, los desplazados éramos vulnerados, mirados por debajo” dice Miriam, mientras Omerisis continúa “fue muy duro ubicarnos en Olaya Herrera, nos costó mucho porque no teníamos la parte económica para construir la vivienda, para darle el pan coger a nuestros hijos y el estudio, que es lo más importante”.

Este panorama de desesperanza comenzó a tomar otro rumbo en el año 2009, cuando la Parroquia El Señor de la Misericordia, con el apoyo de la Comisión Vida Justicia y Paz de la Pastoral Social de la Diócesis de Tumaco, inició un proceso para apoyar a las mujeres desplazadas que había en el municipio, formando el grupo El Progreso, al que pertenecen Omerisis y Miriam: “la experiencia en cómo empezar a reclamar mis derechos, cómo rendir una declaración, empezó así, por medio de la parroquia, allá se hacían reuniones para personas desplazadas, no desplazadas, vulnerables, entonces fue cuando dijeron ¿por qué no darle una oportunidad a las mujeres? y fue que empezaron a formar el grupito de 27 mujeres” relata Miriam quien continúa diciendo, “fueron llegando mujeres de diferentes veredas y nos fuimos conociendo y fue cuando se gestionó el curso de Emprendimiento Empresarial con el SENA, porque muchas mujeres decíamos ‘yo cómo voy a hacer para trabajar, yo no sé vender nada, yo cómo hago pa’ ofrecerle un producto a un cliente’”. Hoy en día existen en total 7 grupos de mujeres, seis que funcionan en la zona rural y uno en la zona urbana, a todo este colectivo se les llama Mujeres Constructoras de Paz del municipio de Olaya Herrera.

Este nombre no es gratuito, pues la situación de violencia que a finales de 2009 comenzó a azotar al municipio, llevó a que en 7 meses se presentaran cerca de 30 asesinatos, lo que motivó que el grupo organizara una marcha por la vida el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer: “anteriormente no se hacía esa marcha, a la gente le daba miedo ir a gritar ‘queremos la paz, queremos vida, queremos que nuestros hijos crezcan’, la gente decía, ‘no que miedo, ahí están los bandidos, están viendo’, pero nosotras dijimos no, vamos a gritar y vamos a reclamar la paz en nuestro municipio” relata Miriam.

“...queremos la paz, queremos vida, queremos que nuestros hijos crezcan...”

Esta marcha fue importante, no sólo porque las posicionó como actores sociales sino porque lograron un cambio que hasta ese momento parecía impensable: “sí funcionó, porque hubo un tiempo en que ya no habían más muertos, desde que nosotras empezamos allá a pararnos y a hacernos valer como mujeres, mermó eso, ya el pueblo nos ayuda, el colegio y la alcaldía, varias entidades nos apoyan, ya salimos un buen grupo de mujeres, no solamente desplazadas” cuenta Omerisis.

En 2011 un grupo de mujeres pertenecientes al colectivo de El Progreso recibió el apoyo del programa conjunto Ventana de Paz a través de la Escuela de Género, que ha sido fundamental para que el colectivo conozca y se apropie de las herramientas para la exigibilidad de sus derechos: “nos dieron otros pensamientos, que como mujeres teníamos que aprender a salir adelante si estábamos solas, o con alguien” dice Miriam y continúa “ahora recibimos más atención y por lo menos hemos sabido donde tocar, ‘a mí me ampara tal ley’, entonces, a veces en la alcaldía tampoco saben cuál es la ley de nosotros, en esta parte nos ha ayudado mucho”. Omerisis y Miriam coinciden en que el grupo de mujeres es una experiencia que ha transformado el rumbo de sus vidas, porque han asumido un liderazgo comunitario que jamás pensaron ejercer. Pero no sólo ellas aprendieron y cambiaron, también sus familias se han transformado y aprendido con ellas, pequeños cambios que se van sumando al proceso de transformación de nuestra sociedad en una sociedad más justa que reconoce el papel de las mujeres como constructoras de paz.