Foto: Miguel Varoria

La Guaneña también es una canción, un baile que se ha convertido en himno para el departamento de Nariño porque exalta la expresión de su riqueza cultural. En la más reciente versión del Carnaval de Negros y Blancos los espectadores fueron testigos de una pieza artística que personificó el ritmo a través de un cuerpo y de un rostro particular

Un personaje aparece en la senda y logra destacarse en medio de la explosión de color que la inunda. Todo el conjunto parece sacado de una película animada, la excentricidad de su forma es ambigua al género y no se alcanza a reconocer a primera vista si es hombre o mujer. Lo que sí logra adivinarse antes de profundizar en su rostro es la alegría en sus movimientos: se acerca, danza, se balancea, gira. El tocado en su cabeza se eleva con elementos dorados simulando frutos de oro, y sus pies aparecen envueltos en una especie de botas exquisitamente decoradas. Finalmente, en medio de todo ese impactante e inmenso traje se alcanzan a observar uno ojos profundos y muy abiertos tras un antifaz. La expresión de su mirada deja en manifiesto la picardía en un rostro pintado de negro.

Se trata de La Güaneña, disfraz ganador en su categoría para esta versión del Carnaval. Sin portar ningún instrumento, el traje en sí mismo nos evoca en su espíritu a la música, tal vez porque en él está plasmada la esencia y personalidad de su creadora, Dayra Benavides, quien desde hace tiempo diseña para tres reconocidas cantantes colombianas: Andrea Echeverry de la agrupación Aterciopelados, Catalina García de Monsieur Periné y Li Saumet de Bomba Stereo. A pesar de estar radicada en Bogotá desde hace más de 15 años, Dayra, como buena pastusa, continúa conectada con sus raíces y es embajadora de su cultura a través  de sus creaciones y personajes, identidad que le ha permitido llegar a países como Francia, Italia, España y       Estados Unidos.

Esa pasión que siente por sus ancestros le ha significado, desde que inició su participación en este importante evento, ocupar dos primeros puestos consecutivos con “Nuna Raymi” y “Muju”, luego un segundo lugar con “Tikay” y ahora nuevamente el primer puesto en la categoría de disfraz individual. Adicionalmente ha ganado el premio nacional de Diseño “Lápiz de Acero” a mejor producto artesanal y hace dos años se hizo acreedora al reconocimiento “Congo de Oro” en El carnaval                         de Barranquilla.

Maestra Dayra Benavides en compañía de su madre Aurita y sus hermanas Mónica Liliana y Doris Patricia. Foto: Carlos Benavides Díaz.

La idea de tomar “La Guaneña”, ese son sureño de finales del siglo XVIII, inspirado por una mujer, en composición del flautista Nicanor Díaz, obedece a que es “la banda sonora” de su niñez, cuando Dayra aprendió los primeros pasos de baile bajo la guía de su madre, quien obraba a mano los atuendos con manteles, sábanas, cortinas y forros de cojines para convertirla en Ñapanga, una exaltación a la mujer de la tierra, a la mujer del pueblo.

La artista visual -hija del reconocido y premiado fotógrafo pastuso Carlos Benavides- trabaja con su familia, un equipo conformado por su madre Aura, artesana y bailarina desde hace más de 20 años para el Carnaval, y sus hermanas Mónica y Doris. La primera es socióloga e investigadora sobre la historia de la mujer en el Carnaval, y la segunda es bailarina y artesana del mismo. Con ellas labora de tiempo completo en su empresa “Joyas Blandas”, asunto que representa su mayor satisfacción, “esta unión familiar es realmente el verdadero premio y este no tiene precio”, anota Dayra.

Foto: Carlos Benavidez Díaz.

En sus palabras, esta Guaneña “lleva un tocado cubierto de esperanza y alimento, un tocado que reinterpreta la magia de la cosecha del maíz. Una fusión entre ricas figuras precolombinas y flores de zarcillejo recién abiertas ante los rayos del sol. En el tocado se desprenden las representativas trenzas de la Guaneña, trenzas que aluden a la sagrada trinidad: sonido, luz y forma, las trenzas se entrelazan juguetonas entre la cosecha que aquella mujer carga sobre los hombros y su cabeza.” También explica que “está dulcemente bordado por las hadas de aquellas montañas verdes de todos los colores que Aurelio Arturo ha contado a través de su obra”. Es por ello que el traje se enriquece con un importante un trasfondo simbólico.

El disfraz individual que se lleva el primer puesto deja un mensaje importante de reconocimiento y valor por nuestra cultura ya que, “apostarle a la identidad es tener consciencia y amor por nuestras familias, por nuestras raíces. Cuando conocemos nuestra aldea podemos ser universales,” puntualizó Dayra.