Roberto Otero, el artista del carnaval. Foto: Jhon Vivas.

Llego de su natal Linares a la capital de Nariño, donde con su gran imaginación y enorme habilidad manual le ha dado un giro de noventa grados a la elaboración de carrozas. Ahora, sus gigantescos y hermosos trabajos son catalogados                         como espectaculares.

Por: Gustavo Montenegro

Ya no lleva su bigote y eso hace que se vea más joven que los 41 años que realmente lleva con alegría este maestro y artesano. Basta con estrechar su mano y sentir la magia que respira por sus poros de hombre trabajador. Es sensible y  espiritual y se sonroja cuando se le insinúa que la historia del Carnaval de Blancos y Negros se divide antes y después de la llegada de Harold Roberto Otero Eraso al escenario de la fiesta magna de los nariñenses.

El ganador de cuatro primeros puestos, tres segundos lugares y un tímido quinto puesto en la premiación de la máxima categoría de Carrozas del Carnaval Pastuso, es el niño de la casa, el quinto hombre de los ocho hijos de José Daniel Otero, un polifacético hombre Linareño de quien Roberto heredó el arte de las manualidades, el oficio de la sastrería, la habilidad del dibujo y el diseño de escenografías, y por supuesto, el profundo amor por los Carnavales.

Vale la pena mirar los ojos brillantes de Roberto Otero cuando tratando de buscar en el tiempo la figura de su pasado, se rebobina en su memoria la película de los primeros trazos que como huellas de un hombre de las cavernas dejó para siempre en las paredes de bahareque, allá en Linares, en la casa de su abuela, donde con la navaja de su tío marcó cabezas de caballos y perfiles de mujeres.

Entre la sonrisa y la nostalgia surgen sus palabras: “Hay huellas todavía ahí, aunque están un poco distorsionadas, pero sí las hay. Y aunque mi hermano me las dañaba, en la noche, mientras mi abuela y mi tía tejían sombrero, yo me dedicaba a dibujar, me dedicaba supuestamente a dañar las paredes. Aunque no le gustaba eso, mi abuela nunca me dijo nada”. Y vuelve de repente al presente para recordar las cariñosas palabras que su hermano le hizo llegar justo cuando Roberto visitó recientemente Europa: “Te acuerdas que tú hacías los dibujitos allá, que mi mamá te decía que no dañaras la pared. Pues fíjese hasta dónde llegaron los dibujitos”.

Apenas tenía 7 años cuando comenzó a tallar las figuras del ajedrez en el yeso que recogía de las prótesis dentales de un vecino suyo que trabajaba en mecánica dental. Desde entonces resultó imposible detener la fuerza y la pasión de Roberto Otero que sin duda se decidió a realizar sus estudios de Licenciatura y Maestría en Artes Plásticas en la Universidad de Nariño. Luego de mucho esfuerzo, trabajo, estudio, y convicción, en 2000 llegaría al Carnaval de Negros y Blancos a transformar la dinámica estética con sus propuestas innovadoras, arriesgadas y encantadoras ante
los ojos de la gente que ve en Roberto Otero a un artesano que ama el Carnaval.

                                             La primera sinfonía

Después de ser el protagonista de los carnavales de Linares y atento a los consejos de su padre supo que el año 2000 podía ser su gran oportunidad. “Cuando yo vengo
acá hago un proceso de estudio bastante exigente”, dice Otero.

Orientado por el método y la disciplina que requiere el artista que supera la barrera que diferencia al hombre que se consagra del que permanece en el punto de la quietud creativa, Roberto Otero dedicó cerca de tres meses habitando la biblioteca del Banco de la República revisando lo que habían hecho los artesanos hasta ese momento. Fotografías, registros, lecturas, archivos por acá y por allá, al final una conclusión, dice el maestro: “Necesitamos hacer una cosa nueva”.

Los nombres de una tradición se registraban en el trabajo de los artesanos de siempre: los hermanos Ordoñez, el maestro Chicaiza, el maestro Narváez. El reto de Roberto Otero significaba llevar una propuesta más integral, según él “en el diseño, en el manejo de los bastidores y el manejo de la idea, la parte simbólica”, y complementa, “En ese tiempo, yo manejaba el concepto de una obra de arte, lo conceptual,                  la investigación”.

Y entonces, como sucede con la maravilla del proceso creador, todo fue nuevo. Así nació “ Sinfonía por la paz” que según Roberto “era como una alusión a un regalo de Pasto. El Carnaval está aquí y desde aquí mandamos un mensaje a Colombia”. La
novedad de recibir a la gente en su taller se sumó a lo nuevo que fue vivir la compenetración con el público que admiró la carga estética de su propuesta. Una carroza enorme como nunca la había construido en el Linares que lo arrojó al cosmos del arte, y que viajó sin jugadores durante el recorrido, los buenos augurios, los aplausos que todavía suenan en la calle ya recorrida, todo eso fue nuevo. Todo ese impulso creador trajo un resultado sorprendente, el primer puesto en su primera presentación en Pasto.

Ese es el valor de Roberto Otero, esa es el nivel de trascendencia de su obra artesanal. Aunque le incomoda notoriamente pasar por vanidoso, afirma sin vacilación,: “Yo sí me doy cuenta de que hecho un aporte bastante importante. Eso marcó una pauta, tiene una significación en la forma, en la estética del carnaval”.