Por: Edgar Ricardo Figueroa Santacruz                                                                             Miembro Academia Nariñense de Historia

Las pequeñas historias que algunos menosprecian, son muchas de ellas auxiliares poderosas de la historia. Las tradiciones y leyendas, a más de amenizar el relato histórico, educan al ciudadano y lo preparan para el mejor servicio de la Patria.

Nuestro interés por el cultivo de la historia nos induce a rendir un homenaje de reconocimiento a aquellas mujeres pastusas godas, que consientes de su responsabilidad ciudadana y patriota, fueron factores fundamentales e importantes en los procesos sociales en la ciudad de Pasto, hacia el año de 1824, temas no conocidos, pero que son significativos por las acciones nobles de estas mujeres, consecuentes siempre con su Rey y Señor.

Diferentes movimientos sociales fueron iniciados por nobles mujeres: Manuela Cumbal y Francisca Aucú en la insurrección indígena en Guaitarilla y Túquerres, Domitila Sarasty, Dominga Burbano, Luisa Figueroa, (La Góngora) y Andrea Velasco, planearon acciones a favor de los movimientos independentistas, pero debemos destacar de igual manera, la actitud de unas mujeres pastusas que fueron esenciales en los procesos sociales hacia ese año de 1824, por la consecuencia con su Rey y Señor: ellas fueron María Mercedes Bravo, María Catalina Aus, Antonia Romero, Asencia Rosero y María Zambrano, mujeres oposicionistas godas desterradas a Piura. Pasto no estuvo de acuerdo en separarse de España, razón ésta que lo convirtió en objetivo político y militar de dirigentes de Quito, Bogotá y Caracas. Siempre fue objeto de maltrato, de una manera denigrante y condenatoria, porque defendieron con denuedo a su Rey, a costa de sus vidas, de sus familias, de su tranquilidad y de sus bienes materiales, realismo pastuso definido por Lydia Inés Muñoz Cordero, como “proyecto político que buscó la autonomía y la libertad, paradoja incomprensible en su tiempo. Le guardaron a su Rey máximo respeto y culto”.1 Los pastusos fueron realistas. Motivo de escándalo. Nadie lo ha negado. Este gran pueblo, escribió en los días de la lucha por la Independencia, la más brillante página de su historia, no por los principios monárquicos que defendió, sino por las hazañas, proezas y generosidad con los enemigos vencidos, que no han sido igualadas en la historia de América.

El General Eusebio Borrero hizo elogios del valor de los Pastusos, “Pasto es la patria del valor, los pastusos elevaron la intrepidez y la bravura a un grado extremo más allá de lo heroico, suplieron la falta de armas para pelear, con gruesos palos que cortaban de sus espesos montes.”

Pasto fue realista, obstinadamente. Varias fueron las causas que motivaron ese realismo tal como expresó, Tomas Hidalgo en Ipiales, al igual que muchas ciudades de nuestro país como Santa Marta, Panamá y Popayán, que juraron fidelidad al Rey en la primera etapa de la guerra de independencia.

Mujeres pastusas consientes de su responsabilidad ciudadana y patriota, fueron factores fundamentales e importantes en los procesos sociales en la ciudad de Pasto, hacia el año de 1824.

Si esa es la verdad que guarda la historia, por qué extrañar que los pastusos de entonces fueran realistas? ¿Por qué solo de ellos se hace mención y a ellos se los denigra por su monarquismo? Se los ha tratado de hijos descarriados de Colombia; rebeldes, facciosos, pueblo obcecado; siempre ha habido animosidad hacia Pasto. Después de la capitulación de Quito con que Aymerich entregó al General Sucre las llaves de su último baluarte, se creyó que Pasto quedaba pacíficamente incorporada al Gobierno de Colombia; pero no fue así; la mujer pastusa no había olvidado a su Rey y abrigaba en su corazón que reinara en su patria y cuando todo parecía indicar que las guerras de independencia habían concluido, Pasto se subleva nuevamente contra el régimen republicano que castiga a la mujer monarquista, como igualmente la monarquía castigó a la mujer republicana. Se forma un sentimiento de venganza que arde en el corazón de ambos grupos. Las familias se dividen: unas a favor de la monarquía y otras a favor de la independencia de la metrópoli. Envían a sus hijos, las unas a engrosar las tropas de españoles o chapetones y las otras a formar los batallones de patriotas o insurgentes, como los llamaban.

Diferentes movimientos sociales fueron iniciados por mujeres: Manuela Cumbal y Francisca Aucú en la insurrección indígena en Guaitarilla y Túquerres, Domitila Sarasty, Dominga Burbano, Luisa Figueroa, (La Góngora) y Andrea Velasco, planearon acciones a favor de los movimientos independentistas

Se cuenta la anécdota de dos celebres mujeres pastusas de opiniones contrarias, realista y patriota, quienes habían enviado a sus hijos a las diferentes contiendas, en las que cada una de ellas perdieran a uno de sus hijos. La mujer realista, deteniéndose en el umbral de la puerta en donde se velaba el cadáver del hijo de la mujer patriota en tono desafiante, gritó: “muerte que te vas llevando insurgentes uno por uno, yo te ayudaré a llevar, ciento por uno”. Y la madre de aquel joven insurgente, con el valor que Natura da a las madres y con el fuego del amor patriótico por la libertad del mundo colombiano, irguiéndose en medio del velorio y tocando su diestra el cadáver de su hijo, rugió “muerte que te vas llevando, insurgentes uno por uno, tenemos vientres fecundos, daremos cento por uno”. Estas son frases de coraje y heroísmo de dos mujeres pastusas.

La sangre de las mujeres pastusas fue fecunda, al igual que la de sus hijos, hasta los extremos de llevar a las armas a sus propios padres, esposos y hermanos y de arrojarse a los más profundos de las simas, (concavidad profunda y oscura) por no servir a la república. Hubo madres que llevaron a sus hijos menores de ocho años, a los campos de batalla: Así las Bravo, Romero y Rosero, aux. y Zambrano de inolvidabel recordación, fueron portadoras de comunicaciones militares y sirvieron de espías para observar los movimientos de los ejércitos republicanos.

Mientras los pueblos de América luchaban para obtener su independencia , un minúsculo punto del continente, la pequeña ciudad de San Juan de Pasto, se convirtió en muralla infranqueable y defendió cuanto creía era su deber defender

Los pastusos con un improvisado ejercito de indígenas y campesinos, inician una nueva sublevación en junio de 1823, dirigidos por los jefes rebeldes indiscutibles Agustín Agualongo y Estanislao Merchancano; Pasto se hace invencible y nunca se aleja de sus intentos realistas. No aceptan el perdón y olvido que les ofrecen por sus faltas, sino que estallan en ira y venganza, y a su vez, exigen al mismo General Bartolomé Salóm, entregarse y perdonarle la vida, si reconocía el dominio de España. Ante el orgullo realista de los pastusos, no se podía esperar otra cosa que el exterminio de toda subversión. Simón Bolívar, el 28 de junio de 1823 en enérgica proclama ordena: “La infame Pasto ha vuelto a levantar su odiosa cabeza de sedición; pero esta cabeza quedará cortada para siempre” desde Quito imparte al general Salóm, terrible pliego de instrucciones, para lograr la destrucción de Pasto y exterminarlos definitivamente; Salóm entra asolando a la ciudad a sangre y fuego. La rebelde Pasto redobla su sacrificio, sugiere toda forma de defensa, para morir o vencer en los campos de batalla por Dios, su religión, por el Rey y sus instituciones. Salom consulta al gobierno lo que debía hacer con los eclesiásticos, los ancianos, las mujeres y niños, que combatían con el mismo valor que los hombres, recibiendo entre otras las siguientes instrucciones: que todas las mujeres godas vengan para esta ciudad con el mismo destino de los eclesiásticos godos, y que solo queden en Pasto las que sean muy conocidas por patriota.

Cinco de las principales mujeres pastusas, godas oposicionistas a la República, fueron prisioneras y desterradas a Piura, siendo en el camino auxiliadas por sus paisanos y correligionarios. Es el oficio de 27 de julio de 1824 que se remite al señor Gobernador de Cuenca, en el que se encuentra la relación de las mujeres pastusas que van desterradas a Piura: María Mercedes Bravo; Maria Catalina Aus; Antonia Romero; Asencia Rosero y María Zambrano. No se han conservado los nombres de otras que, como las anteriores, prefirieron sufrir y morir antes que renegar de su adhesión al Rey.4; por una especial benevolencia del Gobernador de Cuenca Ignacio Torres, se les permite allí avecindarse.

El Humanista Ignacio Rodríguez Guerrero expresó “granadinas de limpia sangre, de la época homérica de la república, perseguidas por las implacables Euménides de la derrota, encontraron en tierra ecuatoriana el calor hogareño, la paz del alma y la definitiva tranquilidad de la existencia, que en su patria no tuvieron”.

Mientras los pueblos de América luchaban para obtener su independencia de España y aspiraban a recibir para la república el patrimonio que había sido de la soberanía, un minúsculo punto del continente, la pequeña ciudad de San Juan de Pasto, se convirtió en muralla infranqueable y defendió cuanto creía era su deber defender, solo así cumpliría con la obligación que estimaba de conciencia, que era inexcusable, el juramento, aunque el adversario le superara en número de hombres, armas y pertrechos; la reiterada amenaza de su total destrucción, posible ante adversarios muy superiores, no doblegó su resistencia, prefirió sucumbir, desaparecer del mundo de los vivos, antes que faltar al que estimaban su deber”.

Los pastusos con un improvisado ejercito de indígenas y campesinos, inician una nueva sublevación en junio de 1823, dirigidos por los jefes rebeldes indiscutibles Agustín Agualongo y Estanislao Merchancano