Por: Ana Isabel Calada Coral

Tac, tac, tac, tac…así palpita nuestra maravillosa  tierra negra nariñense al golpe amoroso del campesino que la trabaja para fertilizarla. El campesino…hombre o mujer sencillo, de mirada  diáfana y serena que empuña su futuro en la esperanza  de un plantío. ¡Aquí vemos esa masa de humus exuberante de  energía que sin vacilaciones vierte con la humedad primorosos brotes de pimpollos verdes que pronto evolucionan hacia arbustos, hacia flores y hacia frutos que  pujantes exigen su cosecha! Aquí encontramos a ese rudo y férreo labriego doblando su torso en la fe de su machete, de su pala y su  azadón, buscando al albur de una buena cosecha. Porque en nuestro país la cosecha es un albur… es  como jugar a los dados de la lluvia y del sol, a las velas que echen los vientos a favor y no en contra, a la suerte  de un buen postor y no un reducidor de ese preciado  fruto. Es un albur, porque no contamos con una política  agropecuaria coherente y racional. Porque el país agrícola requiere de una política de  estado fundamentada en una planeación y visión productiva de rentabilidad, una visión de producir aquello  que realmente se requiere, con base en censos diseñados estratégicamente, requiere de la disponibilidad directa, idónea y oportuna de unos mercados con precios  de ganancia y de rentabilidad social y sostenibilidad  ambiental.

Colombia debe dejar de ver al campesino con compasión o con misericordia. En lugar de eso, debe posicionarlo como un experto empresario que sabiendo lo  que hace, no escatima el uso de la tecnología y el conocimiento científico que enriquezca y enaltezca su conocimiento ancestral para rescatarlo de la marginalidad. La agricultura no requiere de ofertas populistas de  subsidios y prebendas, de donaciones y limosnas, ni  mucho menos de condonación de tierras que al final,  como ha ocurrido tantas veces, resulta ser más gravoso  sostenerlas. El país agrícola requiere de una política de modernización, de generación de valor agregado a sus productos, de dignificar e ingresar al campesino al lugar  empresarial que le corresponde, y sobre todo, necesita  de un esfuerzo gubernamental serio y responsable que  garantice la rentabilidad de esta actividad, que hasta la  fecha circula entre la mendicidad y la resignación. Nuestras imágenes y video muestran el esfuerzo  mancomunado de un grupo campesino veredal de  Chachagüí, el cual, luego de avanzar por todas las etapas de un proceso agrícola artesanal de preparación de  tierras, cuidado de las semillas, siembra, cuidados de  viveros, trasplante de plántulas, y cuidados de cultivo  y cosecha, implementan la obtención de un producto  agregado a sus frutos de limón, fabricando mermelada, con la que buscan el apoyo de las autoridades para  abrir mercados justos y permanentes para comercializar  este sabroso manjar.