Por: Marcela González

“Decirle que mi vida es el barniz, no es echarle un cuento. Cincuenta de mis 59 años, respiro barniz, vivo barniz

Sus palabras no se escuchan; se sienten, pues el pequeño cuarto que resume su vida entera, muestra en cada detalle, en cada obra, toda una experiencia que, desde los 9 años, Jesús Ceballos cultiva como parte de su esencia.

Con su mirada recorre la intimidad del sitio y con la voz de un artesano que se hizo a pulso en talleres prestados, dice con orgullo: “Es mi taller”. Un lugar que pareciera precario pero que él, como otros tantos artesanos, ha adecuado en su casa para que el barniz exista y se perennice en el tiempo.

Se echa hacia atrás en su silla de todos los días para recordar que, entre infancia y adolescencia, fue ‘obrero’ en el ‘Obrero’, barrio tradicional de Pasto, donde se concentraban varios ‘barniceros’. Empezó desde abajo. Lo ideal hubiese sido ser aprendiz, pero lijar y hacer mandados fue el pretexto perfecto para aprender de reojo. “Era prohibido quitarle la cuchilla de trabajo a los maestros. Ellos eran como los papás; decidían a quiénes les enseñaban: a los hijos, hermanos... Había un           círculo cerrado”.

De taller en taller, de mandado en mandado, decidió que a los 16 estaba listo para lo que había soñado. Fue con su hermano cuando Jesús, el obrero de quien nadie supo se estaba formando como aprendiz, tomó por primera vez la ‘cuchillita’ para sentirse, desde entonces y para siempre, un artesano del barniz.

Hay una necesidad de fortalecer los talleres y capacitar a los artesanos con visión para la expansión de los mercados y comercialización de los productos

Procesar la resina del mopa mopa, hasta convertirlo en finas láminas de colores para recortarlas y plasmar con ellas diversidad de objetos, desde los diseños más simples hasta los más osados, ha sido su ritual del día a día. “Pero también contar historias”. Lo afirma con la certeza de sus investigaciones como autodidacta, en el empeño de recrear aquellos relatos ancestrales del sur, “trayendo lo precolombino al modernismo, sin que estas dos tendencias peleen”.

Como otros tantos artesanos, Jesús ha adecuado en su casa para que el barniz exista y se perennice en el tiempo.

Se acomoda otra vez en la silla, toma un frutero y se explaya con la historia que se cuenta entre láminas, trazos y colores. “Este sol de los pastos en el centro es lo más místico y ancestral de nuestra cultura del sur. Acompañado de los círculos, cuadrados, triángulos y líneas se convierte en un calendario de tiempos de siembra”.

Cada detalle en forma y color tiene un significado. “Estos quingos pequeñitos representan el mar”. Se refiere a unos triángulos unidos entre sí con suaves curvaturas que semejan ondas. “Esto es parte de la cultura Malabí del Ecuador, al igual que estos pequeños cuadrados intercalados que representan para ellos el firmamento”.

Culturas sin fronteras, toda una simbología ancestral y una pieza que brilla con colores nacidos de la tierra

Sin duda, obras para la posteridad de manos de un maestro del barniz. “No, no me llame maestro”; petición seguida de una reflexión que dan los años: “Nos falta enseñar mucho acerca de esta práctica que debería crecer más allá del círculo familiar”. Analiza la necesidad de fortalecer los talleres y capacitar a los artesanos con visión para la expansión de los mercados y comercialización de los productos.

Frunce el ceño. “Este es un oficio ingrato en términos económicos”. Luego se ríe y lo delata la pasión que respira desde niño. “Los hijos dicen ¡no, mi papá trabaja y trabaja y no se ve la plata!, pero en este oficio, más que lo económico, ‘jala’ el corazón. O que lo diga mi nieto de 8 años que casi siempre tiene las manos oliendo a barniz”.