Desde hace 17 años en Ipiales, ciu dad fronteriza del sur de Colombia, se celebra el Carnaval Multicolor de la Frontera, versión con la que se bautizó la tradicional fiesta del Carnaval de Negros y Blancos en esta municipalidad. Bajo esta designación que tiene sello propio y una marca de identidad distintiva, surge el pretexto perfecto para lanzarse en un viaje a través del tiempo en el que emerge, despampanante, la riqueza cultural del bello sur.

Si Pasto tiene cada tres de enero el desfile “Canto a la tierra”, Ipiales tiene el
“Carnaval Multicolor de la Frontera”. Así como Pasto organiza el cuatro de enero
la llegada de la Familia Castañeda, Ipiales reluce el cinco de enero con la entrada de la Familia Ipial. De esa manera, si el sur del país se congrega alrededor del Carnaval de Negros y Blancos como manifestación patrimonial, a su vez cada municipio, cada localidad, cada mundo de este mundo que se transforma alrededor de la fiesta carnavalera, explora la manera de hacerse notar, de diferenciarse, de vestirse con trajes propios que le permita brillar, a cada quien y a su manera, en medio del juego de luces, alegría y color que de por sí ya carga el tiempo carnavalero.

Joaquín Chapuel, “más de cincuenta ya tengo”, dice en medio de una pausa de su danza. Joaquín, campesino. Joaquín cultiva arveja, papa y algunas hortalizas. “Se vende bien”, respira. “El campo nos da para comer”, explica. Joaquín es danzante del baile ritual de los San Juanes, viene desde el municipio de Córdoba y con este ya son cinco años haciendo parte, junto a sus compañeros de vida rural, de esta expresión que se reconoce como un símbolo del territorio ancestral de los indígenas pastos.

“Los punteros, o sea los que van allá adelante, ellos saben más de esto que yo. Ellos ya llevan más de cuarenta años en la danza. Yo apenas llevo cinco. Pero ellos, los de la punta, ellos sí entienden más” relata Joaquín a medida que avanza el desfile del Carnaval Multicolor de la Frontera que gracias a la decisión de la nueva administración municipal liderada por el alcalde Luis Fernando Villota, nuevamente ha salido de las cuatro esquinas de Puenes, emblemático lugar de este territorio donde según la historia fue fundado el primer caserío de Ipiales.

Es en cabeza del alcalde recién elegido para un nuevo periodo administrativo en quien reposa la responsabilidad de este día, pues Ipiales oficia como municipio anfitrión de toda la algarabía carnavalera que venida de los distintos rincones del sur de Nariño se encarga de dar vida a una fiesta que goza de singular prestigio pues aquí cada quien se viste de gala carnavalera para mostrar lo mejor de su legado cultural ante el exigente público de la ya famosa ciudad de las nubes verdes.

Ahora la senda transcurre por la tradicional carrera séptima de la ciudad que se configuró como eje articulador de la vida social, económica, cultural y política de los territorios vecinos que junto a Aldana, Contadero, Córdoba, Cuaspud, Cumbal, Funes, Guachucal, Gualmatán, Iles, Potosí, Puerres y Pupiales, conforman la denominada Exprovincia de Obando, división territorial con la que se bautizó a este conglomerado de distritos parroquiales.

Ya casi llega el mediodía. ¡Ay qué bello sol! Cielo azul de estos días de enero. Joaquín va vestido de mujer, pues es tradición en los San Juanes que los hombres se vistan de ellas y sus parejos son otros hombres que bailan al ritmo de la banda de yegua, otra de las tradicionales expresiones de la cultura del sur. Más adelante los tradicionales Danzantes de Males ya han dejando en el ambiente el sonido memorial de los cascabeles, el brillo de sus espejuelos, el color de sus vestuarios.

Joaquín y los suyos se refrescan con un trago de aguardiente para retomar fuerzas y continuar con su danza durante el resto de la senda que está resguardada por un público cortés, una ciudadanía espectadora que aplaude, que ovaciona, que alienta el paso de cada una de las delegaciones que aceptó la invitación de unirse a esta fiesta que tiene aroma a campo, que tiene perfume de memoria histórica.