AURA NOGUERA

Por: Javier Vallejo Díaz

Un sendero de bucólicos parajes, urdidos con verdes satinados por el hálito caluroso del guaico andino, conduce al alto de Paltapamba, un caserío consaqueño que custodia los pálpitos y gemidos del gran centinela, el Galeras. “La Llanura de Aguacates” o Paltapamba, en lengua quechua, fue cuna de Aura Noguera, valerosa mujer curtida por la rudeza de los oficios que, desde niña, le deparó la vida como reto para conseguir el sustento.

Por entre las húmedas laderas volcánicas colindantes con Churupamba, Cajabamaba o Tinajillas, Aura removió con la pala y el azadón los suelos para que se irguieran y maduraran cultivos de caña panelera. En el vaivén de la ruda labor, entre el peregrinar dominical hacia la morada de Nuestra Señora del Tránsito, para compartir la eucaristía o en la provisión de ‘pancoger’ en la plaza de mercado, se insinuó un romance que se consagró con la bendición en el altar. Eudoro Hernández y Aura Noguera se congraciaron con un idilio juvenil de cuyas nupcias procrearon a Paola Cristina, Elsy Rosario, Carlos Andrés y María Irene. El crecimiento de la familia y la escasez o inestabilidad del trabajo, obligó a Aura a contribuir con su capacidad laboral, desempeñándose en oficios temporales como recolectora de café, jabonadora, cocina y oficios domésticos.

                                                         Rueda la vida

Eudoro Hernández no vio bien remunerada su actividad como jornalero de las haciendas, parcelas y fincas cafeteras de Consacá, su tierra natal. Sus anhelos, como
los de su esposa, apuntaban a ofrecerles un futuro distinto a sus cuatro hijos.

En 1981 decidió residenciarse con su familia en Pasto, pues, un tío suyo le brindó la oportunidad de vincularse como ayudante en su taller de montallantas. “La necesidad me hizo aprender rápido este oficio y, en poco tiempo, conocí todos los secretos, afirma Eudoro y, añade, no tardé en independizarme y con mi mujer instalamos nuestro propio taller”. Aura comprendió que sobrevivir en la ciudad implicaba sacrificio, disciplina y dedicación. Al observar que el trabajo de su esposo se congestionaba con clientes, unos tradicionales y otros nuevos, decidió integrarse como su ayudante, así logró asimilar no sólo el lenguaje sino el manejo de las herramientas y las técnicas de desmonte, parcheo y montaje de las llantas.

Satisfecha con las bondades de un oficio de machos pero no para muchas, Aura relata: “conozco todas las llantas y rines, desde la de una motocicleta hasta la de un tractor. Aquí, todos los días se aprende algo nuevo, antes sólo se parchaban llantas de neumático, hoy son tubulares o radiales que, por lo general, se taponan los agujeros con mechas y pegantes especiales. Toda nuestra familia conoce y practica este oficio. Mis hijas lo aprendieron cuando tenían 10 años de edad. En la actualidad Paola tiene su propio taller detrás de la bomba de gasolina del Parque Infantil, Elsy arrienda un local por los lados del Coliseo Cubierto y atiende el taller con su hermano Carlos, y María Irene nos acompaña en el local del barrio San Vicente. Como ve, este negocio nos ha mantenido unidos y no nos ha faltado el trabajito”.

Aura, maternal, dócil y sensible pero con temple, el temple del acero de los rines de las tractomulas y de lujosos automóviles, de las palancas, de la maceta, de las planchas vulcanizadoras de neumáticos, de la canoa o batea con agua para detectar con burbujas las agujeros de las llantas, de la máquina desmontadora, del esmeril, de las llaves artilleras, de los gatos hidráulicos y de todo el instrumental que en su humilde quirófano, día a día, hora tras hora diagnostica y sana a sus pacientes de caucho con alma de bólidos que devoran asfalto, trochas, ríos y polvorientas carreteras.

                                                       Disciplina y constancia

Aunque la rudeza de esta labor no le permite mantener maquillajes, manicures o peinados ostentosos, exhibir joyas, ni lucir trajes de etiqueta, su feminidad y ternura afloran en la atención a su clientela y con los integrantes de su familia. “Este trabajo era bueno, fue rentable en otros tiempos, hoy existe mucha competencia. Con nuestros ahorros logramos adquirir toda la herramienta. Un compresor que nos costó dos millones de pesos, hoy está avaluado en ocho millones. También reunimos unos pesitos con los que tenemos anticresada la casa donde vivimos. Nuestra jornada empieza desde las siete de la mañana y atendemos hasta las siete de la noche, pero en cualquier momento llega una llanta pinchada. Con el ingreso diario que en ocasiones es de 20 o 30 mil pesos, tenemos que cubrir muchas obligaciones, como el pago del arriendo del local, compra de materiales, pago de servicios públicos, alimentación, medicinas y vestido”. Así resume Aura la manera cómo se presupuesta el dinero que se obtiene en el oficio de montallantas.

Como en toda profesión, ocupación u oficio, existen temporadas altas y bajas, la señora Aura manifiesta que la peor época para su trabajo son los meses de agosto y septiembre, en cambio diciembre y enero son los de mayor movimiento. Entre semana, los martes y viernes son “días benditos”. Así mismo comenta que en su taller las tarifas por servicio ofrecido fluctúan de acuerdo al tamaño y número de agujeros de las llantas, las pequeñas hasta los números 12, con uno y hasta tres agujeros cuesta dos mil pesos, por la número 14 cobra 2.500 pesos, la reparación de las número 15, 16 y las de los buses, camiones y tractomulas vale cinco o seis mil pesos.

Aparentemente, una llanta de motocicleta, de acuerdo con el tamaño y peso tendría menor dificultad para su reparación, pero es la más complicada para desmontar y volverla a su lugar, mucho más. Si es la trasera, por los accesorios que la rodean, cadena, frenos, escape y piñón; a pesar de estos inconvenientes el costo por parche es de 2000 pesos y por cambio de válvula la tarifa es de 4000 pesos, adicionalmente la venta de neumáticos y de rines incrementa la renta del taller de montallantas.

Como un reconocimiento a las mujeres que en su rutina comparten la misión maternal, la de esposa, de ama de casa y además la de contribuir con su fuerza de trabajo a incrementar la renta del hogar, VOCES DE NARIÑO, tributa este sentido homenaje con la publicación de una semblanza de vida que nos invita a reflexionar acerca de que “el trabajo dignifica”, cualquiera sea la actividad en la que el ser humano se desempeñe .