Un camino de frailejones, helechos y margaritas da paso a una pintoresca cabaña con techo y marcos de ventana pintados de azul en la que sus anfitrionas, Doña Lucía, su hija y su suegra esperan a los visitantes con una caliente agua de panela, acompañada de pan y queso.

Es apenas el comienzo de una experiencia tan auténtica como lo es la laguna de La Cocha que, a muy pocos metros de la cabaña, es la dueña y señora del paisaje.

Conversar con doña Lucía es adentrarse más a la autenticidad. Trabaja en la atención a los turistas que llegan ávidos de paz, tranquilidad y contacto con la naturaleza. “Somos de acá y para nosotros es un honor atender a las personas que nos visitan. Nos gusta hacerlo pues les regalamos parte de lo que nos pertenece y que ellos no tienen en las ciudades: la naturaleza y el encanto de La Cocha”.

Las tres, muy diligentes, y bajo la batuta de Francisco Aranguren, el soñador que algún día visionó este proyecto, acomodan a los huéspedes en las cabañas que serán sus posadas hasta el día siguiente.

Esto es “Ayura”, que en árabe significa montaña fría y que suena como los vocablos indígenas característicos de las tierras de los Andes. Se encuentra en la vereda Romerillo, a siete kilómetros de la cabecera del corregimiento de El Encano, ubicado en el departamento de Nariño al sur occidente de Colombia.

Para encontrar este paraje, muy cercano a la rivera de La Cocha, primero se llega a El Encano.  Desde Pasto, capital de Nariño, son 40 minutos de trayecto por carretera pavimentada. Si no se viaja en vehículo propio, una vez en la Iglesia principal del corregimiento es útil cualquiera de los transportes que en esa zona se ofrecen:         moto o carro.

De la Iglesia, se toma el primer camino destapado hacia la izquierda de la vía principal. La señalización marca el trayecto a seguir hasta Romerillo. Como puntos de referencia, están la escuela de El Motilón, luego una mina de arena y a 300           metros, “Ayura”.

Una noche de ensueño

Para los huéspedes intrépidos y con ganas de sentir más de cerca la naturaleza, el lugar les ofrece zona de camping; no obstante, pueden acomodarse también en cualquiera de las tres cabañas debidamente dotadas de camas y baño privado. La cabaña principal cuenta, además, con sala de estar, comedor y cocina que, por ahora, funciona para la atención de todos quienes se hospedan.

Como si el agua de panela no abrigara lo suficiente, los huéspedes, una vez instalados, son sorprendidos con dos hervidos; bebidas calientes preparadas con pulpa de fruta (maracuyá y mora) y un “toquecillo” de aguardiente.

La noche empieza a vislumbrarse, el cielo se torna entre amarillo y rojo, se vuelve gris, aparece el azul oscuro y penetrante, deja ver las estrellas, las esconde a ratos… las aguas plateadas de La Cocha asumen unos brillos extraordinarios como si tuviesen una luz en sus profundidades.

Una fogata es el plan perfecto para una noche como estas. Los visitantes comparten crispetas y masmelos hasta que la cena está lista: una hamburguesa preparada               al carbón.

Una quietud extraordinaria hace parte de lo que sigue; hasta las ranas y aves silvestres parecen estar en sus refugios a la espera de otro día.

Un plan que “amaña”

Hacia las 8:30 de la mañana inicia una jornada para no olvidar. El primer paseo en lancha es hacia la isla La Corota, santuario de flora y fauna; un pequeño bosque que emerge en medio de las aguas de la laguna. Una vez ahí, se hace una travesía por el sendero La Torota que contagia de energía y estimula los sentidos.

De nuevo a embarcar y otra experiencia singular: arribar en la vereda El Puerto, con un muelle de lanchas multicolores y casitas construidas al estilo de los chalets suizos, adornadas con flores. Los turistas disfrutan de los postres típicos del lugar y aprecian las artesanías de los nativos.

Antes de regresar a “Ayura”, la lancha se detiene frente a un garzario; una plataforma flotante de tres pisos a la que llega todo tipo de aves, especialmente patos autóctonos.

Con la misma calidez del día anterior, doña Lucía espera a los viajeros para hacerlos sentir en casa. El olor a trucha ahumada atrae a algunos, aunque hay quienes la prefieren frita.  Sopa de verduras, jugo de mora y postre de chilacuán, servidos en una mesa con mantel a cuadros y un ventanal que permite mirar a La Cocha desde la cabaña pintoresca, no deja de ser un plan que “amaña”.

Con la llegada de la tarde, Francisco, el anfitrión, recomienda el muelle como ese sitio ideal para contemplar, respirar y descansar. Les recuerda que, como parte del plan, también pueden pescar, practicar kayak o montar en bicicleta acuática.

Como si quisiera tener a los visitantes por siempre, “Ayura” se queda con un árbol sembrado por cada uno de ellos. Es un momento de dar y recibir, pues quienes plantan la semilla se permiten la experiencia de aportarle a la tierra de El Encano, custodia de la gran Cocha.

“Sembramos la mayoría de los árboles alrededor de una quebrada que abastece nuestro propio acueducto. Queremos que “Ayura” sea totalmente ecológica por lo cual haremos también un esfuerzo para generar nuestra propia energía a través de paneles solares”, explica Francisco.